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(1979) Padre. Doctor en Derecho Constitucional. 1er izquierdista elegido IVLP por USA en 2017. Abogado penalista. Profesor UCV (TSJ SC Expediente 15-1131). English teacher. Libro MEMORIAS POLÍTICAS, UNESR 2013. Instagram: doctorjesussilva


Por: Jesús Silva R.
“Los cargos pasan, pero los hombres quedan”, o “el cargo no hace al hombre, el hombre hace al cargo”, así rezan algunos de los mejores proverbios de nuestra cultura popular en referencia al tránsito de los hombres por el difícil camino de la administración pública. En efecto, al revisar tan extenso tema, pues todos de algún modo hemos tenido experiencias con el orbe burocrático, sea como trabajador, funcionario o desde la desventajosa posición de usuario; es esencial advertir que sobre el papel de las instituciones existen básicamente dos concepciones (la pequeño burguesa y la revolucionaria), definida cada una de ellas por la identidad de clase (dueño o asalariado) que el individuo posea frente al universo social.
Me permitiré presentar un breve análisis desde de la perspectiva marxista de quien suscribe, que a pesar de sumar menos de treinta años de edad, ya la Revolución Bolivariana le ha impuesto varias responsabilidades públicas de rango directivo; aunque es menester enfatizar que nuestra formación política es la de abogado de los trabajadores en el seno de la clase obrera (la fábrica y el sindicato) y no precisamente la del burócrata tradicional.
Aclarado el punto y adentrándonos a la revisión de la concepción pequeño burguesa, vemos al sujeto que se cree propietario de algo, pero en verdad no tiene nada, a excepción de su propia fuerza humana de trabajo (vendida a cambio de un salario) y detectamos que existen reyezuelos embriagados de falso poder, que lejos de ser verdaderos servidores públicos, usufructuan los bienes y prerrogativas del estatus de funcionario para su beneficio personal, el de su pandilla y sus parientes. En ese bajo mundo, infame por demás, es “natural” la abundancia de la mediocridad y que los minúsculos espacios de poder sean disputados entre buitres con las garras de la maledicencia, la mezquindad, la difamación y la perversidad. En efecto, para los envidiosos buitres, el fin justifica los medios, y para nada les importa saberse incapaces profesionalmente a la hora de codiciar con indecencia los cargos que otros detentan por obra de sus cristalinas virtudes.
Por otro lado, existe la visión revolucionaria, la nuestra, una que centralmente nos plantea reivindicar la dignidad del hombre como elemento insoslayable de la convivencia social y que por ende nos exige liquidar todas las formas posibles de explotación y degradación humanas; esta concepción nos ubica como funcionarios al servicio del pueblo, como obreros que ejercemos circunstancialmente tareas directivas sin que ello jamás conlleve la pretensión de ingresar a una nueva clase social “superior”, distinta al proletariado. Somos sencillamente agentes de un Estado popular y revolucionario en construcción que se enfrenta a un viejo ordenamiento burgués amparado por normas y costumbres repugnantes de una data antiquísima.
En estos términos esta estipulada la lucha de clases para nosotros los revolucionarios, batalla tras batalla, nuestro desempeño certifica que aunque seremos odiados por las clases explotadoras y demás sectores atrasados (la burguesía y sus lacayos de la pequeña burguesía), nos hemos ganado el respeto y el afecto de las clases progresistas (los trabajadores y demás excluidos) que insurgen con firmeza por implantar la justicia y la equidad sociales. Seguiremos trabajando. Así se avanza al Socialismo.
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Ha sido firme y reiterado nuestro alerta respecto al tema de la revolución pacífica y que su desarrollo resulta más complejo que cualquier proceso violento de transformación. Seguramente la tarea de derribar un régimen de explotación social sin someter a sus realizadores mediante el uso de la fuerza, le exige a los revolucionarios un trabajo político más sabio y atinado que el requerido para gestar un movimiento armado o una guerra civil. En efecto, cuando la vanguardia revolucionaria depende de los procesos electorales como instrumento principal para obtener su poder político, corre el riesgo de abandonar otros frentes de lucha esenciales para avanzar en sus propósitos.
Es innegable que las victorias electorales son un requisito obligatorio para la legitimación del gobierno revolucionario, tanto en el orden político interno como ante la comunidad internacional; pero esos triunfos tendrían un mayor valor cualitativo si se produjeran en un escenario donde la defensa del frente ideológico y el frente del trabajo social fuese ejecutada con mayor vinculación orgánica entre la dirigencia y las masas. Habría un mayor aprovechamiento del esfuerzo desplegado en las elecciones, si una vez culminadas éstas, el partido revolucionario desarrollara lazos permanentes con las comunidades, áreas de trabajo, barriadas populares y zonas de capa media; ya no solamente para buscar el voto electoral, sino para convivir con ellas, abordar sus problemas primarios y generar soluciones efectivas.
Sin esa acción política organizada y permanente que trasciende a las coyunturas electorales, sin una economía planificada a mediano y largo plazo para industrializar el país prescindiendo de la burguesía golpista y sin la promoción sostenida de la propiedad social de los trabajadores, será difícil preservar el apoyo de la mayoría popular; e imposible será generar las bases materiales y sociales suficientes que realmente introduzcan en la conciencia de las grandes masas la idea sobre una nueva forma de vida (socialista) superior a la tradicional. Estimamos que solo mediante la profundización de medidas revolucionarias, acumularemos la fuerza social necesaria para sepultar la cultura, ilusiones, antivalores y falsas leyes que han carcomido a nuestra sociedad durante siglos de capitalismo.
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Por: Jesús Silva R.
El Puntofijismo jamás promovió la alternabilidad democrática, por medio siglo todos sus presidentes sirvieron a la misma clase explotadora. Para la burguesía, el ejercicio del poder no es alternativo, es absoluto. Quienes se enriquecen con la sangre y el sudor de los asalariados, lo hacen indefinidamente. El empresario no somete su derecho de propiedad a elecciones frente a los trabajadores, solo lo ejerce vitaliciamente; muy a pesar de que sea el trabajo humano el que realmente genere los valores y no precisamente el capital. Por estas razones, más allá del individuo que sea presidente, lo principal es establecernos como clase social gobernante y nunca como ahora el pueblo venezolano ha tenido un dirigente cuya política garantice tan sólidamente la defensa del interés popular. Su nombre es Hugo Chávez.
En el presente, las masas entienden la importancia y necesidad de hacer valer su voluntad política. Que Chávez siga siendo el Presidente significa la continuación del proceso antiimperialista y socialista que se ha fortalecido históricamente bajo su liderazgo; y es evidente que frente a esta realidad existen sectores minoritarios, oligárquicos y transnacionales que persisten en derrocarlo para saquear nuestras riquezas y reimponer su anterior dominación. Notoriamente la enmienda es un asunto de clases sociales con intereses confrontados, puesto que el Chavismo constituye nuestra expresión mayoritaria como clase popular; mientras que el antichavismo no es más que una manifestación orientada por la burguesía.
Hoy nosotros defendemos el poder popular, la ética socialista y la propiedad social en la industria; ellos se aferran a la supremacía de las elites, la moral individualista y la propiedad privada de los empresarios explotadores. Ante esta clara definición del escenario político, no hay lugar para misterios jurídicos, ni falsas matrices de opinión que nos puedan hacer creer que elegiremos a gobernantes eternos, pues la única verdad es que la enmienda constitucional que aprobaremos el venidero 15 de febrero representa la ampliación de nuestros derechos políticos, es decir: Que el pueblo vote libremente cuantas veces lo desee por el aspirante que mejor prefiera, ahora incluyendo la candidatura de quienes ya son gobernantes. El “detalle histórico” es que somos los revolucionarios quienes tenemos al único candidato capaz de seguir triunfando.
Sépase que el pueblo soberano es el fundador del Estado, el hacedor de las leyes y el enmendador de las normas. ¿Y si el pueblo no es el todopoderoso para decidir, entonces quién lo es? Difícil es creer que los saqueadores y los explotadores estén más cerca de la voluntad de Dios que los revolucionarios. Seguramente, a juicio de ellos, nuestras normas deberían ser dictadas por
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Aquel inolvidable primero de enero de 1959 fue el inicio una aventura emocionante sin precedentes en la esfera política internacional: Frente a los ojos del mundo, el llamado Ejército Rebelde, brazo armado del Movimiento 26 de Julio, hacía su entrada a La Habana bajo el comando de Fidel Castro Ruz para instalar un gobierno nacionalista tras derrocar al dictador Fulgencio Batista. Por vez primera en su historia, la mayor de Las Antillas se liberaba de la dominación extranjera (antes española y luego yanqui) y el último títere de los EEUU era expulsado definitivamente de la isla para nunca más volver.
La insurgente fuerza patriótica encaraba el más inmenso de los desafíos continentales: defender la recién conquistada independencia nacional a pocas millas del Imperio Norteamericano y empezar a construir un régimen político de auténtica soberanía y justicia social en abierta contradicción con el interés colonialista de su poderoso vecino. A diferencia de otras experiencias acaecidas en el tercer mundo, en que diversos movimientos populares de liberación fueron salvajemente aplastados por las agresiones imperiales, la Revolución Cubana permanecería de pie, gracias al coraje de su pueblo y la sabia conducción política de quien seguramente la historia guardará como el más grande estadista que la humanidad ha conocido.
Fue así que sobreviviendo a cientos de crímenes del Imperio Gringo: invasiones, sabotajes, terrorismo, constante difamación mediática, amenazas de ataque nuclear y resistiendo al bloqueo económico más brutal y prolongado que país alguno haya sufrido; ese pueblo valeroso pudo realizar una revolución implantando la solidaridad en sus relaciones económicas y garantizando una vida digna para todos sus ciudadanos en un marco de igualdad social. Como demostración de tan incomparable gesta, el internacionalismo cubano recorrería el mundo con médicos, maestros, poetas, intelectuales y soldados para respaldar, tanto en la paz como en la guerra, las luchas populares de americanos, asiáticos y africanos en nombre del humanismo, el antiimperialismo y un futuro socialista.
Al contemplar que en años recientes han resurgido levantamientos de masas contra el capitalismo y la globalización después de un período de vacilación y penosas deserciones en la izquierda, justo es reivindicar el ejemplo de quienes nunca abandonaron sus convicciones revolucionarias frente a la más grande adversidad. Recuerdo que se desarrollaba la desintegración de la Unión Soviética y buitres capitalistas esparcían por el mundo la infame predicción sobre una inminente rendición de Cuba, cuando nuestro heroico Comandante pronunció un histórico discurso con significativas palabras: "ahora el internacionalismo está en defender y preservar la Revolución Cubana, ese es nuestro más grande deber internacionalista; porque cuando queda una bandera como ésta, que representa ideas tan justas como ésta, defender esta trinchera, este bastión del socialismo, es el más grande servicio que podemos prestarle a la humanidad" (Matanzas, Cuba. 26-07-1991).
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Téngase en cuenta que en ese primer escenario referido a la consolidación del Estado soberano (liberación nacional), se ha materializado una ruptura contra el histórico esquema de dominación en que Venezuela era sujeta a la condición de colonia del Imperio norteamericano; ello se comprueba en el hecho de que Chávez ha enterrado a las cúpulas gerenciales que autónomamente administraban la riqueza venezolana al servicio de intereses transnacionales y que hoy se impone progresivamente un nuevo modelo económico que otorga una clara prioridad a la inversión social para beneficio de todos los venezolanos y en especial de los más humildes.
Ahora bien, en el largo camino que implica todo proceso de transformación, ciertamente el ámbito de la liberación social resulta el más complejo de todos, por cuanto si en el escenario anterior puede avanzarse considerablemente teniendo como plataforma un gobierno en verdad nacionalista que defienda consecuentemente los intereses de la república frente a las injerencias de potencias extranjeras; en el plano social no podrá hablarse de liberación hasta que no se produzcan cambios reales que propendan a la igualdad de clases. En este último caso, la victoria popular no se alcanzará mediante la promoción de un Estado de bienestar social que simplemente se limite a incrementar los beneficios que se le conceden a los explotados bajo un intocable régimen capitalista.
En efecto, solo podrá transitarse al socialismo produciendo una revolución en el seno de esa inmensa masa humana que con su esfuerzo físico e intelectual genera los bienes y servicios que hacen posible la supervivencia de toda la sociedad; y esa no es otra que el proletariado (la clase trabajadora). He allí la encrucijada que se nos plantea a los revolucionarios con relación al papel de los trabajadores y el sistema que debe predominar sobre la propiedad y administración de los grandes medios de producción. Mientras que por un lado, los reformistas anhelan asaltar el poder para hacer concesiones a la burguesía y preservar la vieja propiedad privada; por el otro, los camaradas revolucionarios luchamos por seguir impulsando el modelo de protagonismo social de los trabajadores con sólidas posturas revolucionarias.
Siendo la nuestra, una revolución pacífica y democrática que excluye las formas violentas, indispensable será construir consensos sociales, ganar elecciones, sumar voluntades y conquistar nuevos espacios políticos, pero jamás conciliando con los enemigos de clase; sino construyendo políticamente un bloque progresista de alianzas regido por la ideología clasista revolucionaria. Esto solo será posible si realmente se cree en la clase obrera como sujeto histórico del socialismo y se trabaja en función de su plena unificación para convertirla en el estamento social de vanguardia. En este contexto, respaldamos la bandera de la plena unidad sindical en Venezuela como legítimo instrumento revolucionario de los proletarios por el Socialismo, pues solo podremos concretar una revolución triunfante con una clase trabajadora que se haya dado forma orgánica a si misma y haya asumido sus desafíos históricos con identidad de clase y firme vocación de poder.

Por: Jesús Silva R.
El llamado del presidente Chávez a activar la campaña por la enmienda constitucional es un acto político de inmensa trascendencia en defensa de la revolución socialista luego de la importante victoria lograda en las recientes elecciones regionales y no cabe duda que el poderoso liderazgo del comandante ha sido ratificado una vez más mediante un contundente respaldo popular. Sin embargo, aunque ha quedado reafirmado que los bolivarianos somos mayoría, no podemos obviar desde una perspectiva autocritica que hemos cedido importantes espacios de poder a la burguesía y ello nos obliga a la formulación de una sólida respuesta revolucionaria. Con certeza, la propuesta de reelección presidencial golpea a las fuerzas antisocialistas y les demuestra que la mayoría del pueblo venezolano apoya la continuidad de Chávez porque entiende que su liderazgo histórico es garantía de la unidad revolucionaria y el motor indispensable para la profundización del proceso bolivariano.
Hoy más que nunca cuando los nuevos gobernadores antichavistas han desplegado una campaña de intimidación, hostilidad y agresiones contra el pueblo, sus misiones y sus espacios políticos, se evidencia (tal como lo habíamos advertido con anterioridad al 23 de noviembre) que estos personajes fascistas están muy lejos de comprometerse con las normas de convivencia democrática establecidas por la Constitución que les permitió acceder a sus cargos y que por el contrario vuelven al ataque por la misma senda de la conspiración, el sabotaje y el golpismo.
Ante tales hechos, la revolución contesta con un acto legítimo de poderío político, fundamentado en el principio supremo y universal de la soberanía popular como lo es la propuesta de reelección presidencial continua y con ella que sin más demoras se efectúe una consulta electoral para que el pueblo decida soberanamente sobre su destino: Proseguir el rumbo de total independencia frente a las potencias extranjeras (el Antiimperialismo) y liquidar la explotación del hombre por el hombre, es decir el Socialismo.
Para defender las grandes conquistas sociales alcanzadas en estos últimos diez años, para sostener el gobierno popular que ha rescatado la riqueza nacional y que la distribuye en el marco de la justicia social, por la vigencia plena de los derechos humanos, por la igualdad entre la mujer y el hombre, por la reivindicación de los obreros, los campesinos, los estudiantes, los artesanos y los comerciantes informales, por un modelo económico inclusivo basado en la propiedad social de los medios de producción, por una América Latina antiimperialista y para nunca más volver al pasado infausto en que fuimos sometidos a la dictadura de burguesías al servicio del Imperio Yanqui: Nuestro pueblo reafirmará mediante su enmienda revolucionaria que Hugo Chávez no se irá.
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Nuestra ideología revolucionaria defiende la idea de que solo las mayorías pueden impulsar las grandes transformaciones sociales, al mismo tiempo que no ignora que durante buena parte de la historia han sido las clases minoritarias quienes han dominado el mundo y explotado al resto de la humanidad. Esclavistas, señores feudales al igual que los despiadados capitalistas actuales han organizado sociedades basadas en el robo de las riquezas generadas por el trabajo de otros. Solo contadas revoluciones de rango excepcional han alcanzado, cada una en su tiempo y medida, dar respuestas parciales al ancestral clamor de los pueblos por hacer de la justicia social una realidad absoluta y duradera.
Observando el listado universal de esas minorías todopoderosas que ejercen su dictadura sobre naciones y continentes enteros, nos resulta prioritario referirnos a ese sector que en siglas inglesas se le conoce como "WASP" (White, Anglo-Saxon and Protestant). Dícese del minúsculo grupo "Blanco, Anglo-Sajón y Protestante" que hasta la presente fecha reina en los EEUU (independientemente de la coloración facial del presidente) y que surge a inicios del siglo XX arremetiendo brutalmente contra las etnias, nacionalidades y religiones ajenas a su estirpe. La filosofía de los WASP se fundamenta en el más rancio conservadurismo social expresado en una multiplicidad de antivalores tradicionales como furibundo anticomunismo, radicalismo religioso, racismo y esquema patriarcal.
Interesante es precisar los elementos que posibilitan que una secta sea capaz de controlar durante un siglo a una nación policlasista, multicultural y etnodiversa que ocupa tan protagónico lugar en la escena geopolítica, habida cuenta que las características que la identifican no son las más afines con la mayor parte de la sociedad donde coexiste. Es justamente la exitosa imposición de la ideología WASP (adoctrinamiento moral) sobre el gran conglomerado social lo que oxigena y fortalece a este imperio, ciertamente la historia evidencia que las minorías logran gobernar sobre las mayorías cuando logran dividirlas en el ámbito de sus intereses comunes; de allí que impidan la unificación de los excluidos en un solo bloque Anti WASP y promuevan su debilitamiento mediante la conformación de una variedad de movimientos sociales con agendas de lucha separadas.
Sería arduo inventariar toda la gama de organizaciones que subsisten en EEUU actuando en subdivisiones que permanecen desvinculadas las unas de las otras. Quizá pudiésemos destacar el movimiento racial: Negros, latinos, asiáticos. El religioso: Musulmanes, hinduistas, budistas, ateos, entre otros. El sindical: Federaciones y corrientes orientadas por tendencias divergentes. El de género: Frentes con ideologías feministas antagónicas; etc. A todas luces, el régimen político yankee sería radicalmente transformado si todos esos actores segregados priorizaran los fundamentos que deben unificarlos alrededor de un solo instrumento de acción política (un partido, plataforma o coalición).
Es precisamente la condición de explotados la verdad científica y objetiva que tiene que integrarlos por encima de cualquier otro aspecto y que demanda de ellos una elevada conciencia clasista para ejercer una política revolucionaria que permita sumar y no restar al servicio la liberación social. Necesario es concluir que mientras los explotados insisten en dividirse, incuestionablemente por falta de visión histórica, los explotadores perpetúan su dominio porque saben unir donde tienen que hacerlo y saben dividir donde mejor les conviene.
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Como crónica de su fabulosa y malograda campaña, alguien escribió: No hay duda que Jessie es el mejor hombre para ser presidente de los Estados Unidos pero jamás podrá lograrlo y eso se debe a una sola razón: Es negro. Sin dudas que aquella nominación de 1988 (su segunda y final tentativa en la que capturó casi siete millones de votos y venció en 11 estados antes de perder con Dukakis) representaba la valiente vocación de poder de nuestra querida comunidad negra desafiando al orden social en EEUU ya que su campaña se centraba en la Revolución de los Derechos Civiles. La bandera y la prestigiosa trayectoria del candidato nos permitía soñar con un futuro de igualdad social y racial en la nación más segregacionista del mundo y sus palabras rescataban lo más sublime de la histórica declaración "I Have a Dream" (Tengo un sueño) de su mentor asesinado: el inolvidable Martín Luther King Jr.
Sin embargo, más allá de la raza, Obama y Jackson nada tienen en común. Este nuevo gobierno podría frustrar a los optimistas y enseñarnos que el elemento racial no garantiza una identidad política. El tiempo lo dirá. Lo indiscutible es que este nuevo presidente emanado de la aristocracia no posee vínculos con esa maravillosa, multicultural, etnodiversa y amplísima constelación de movimientos sociales existentes en Norteamérica que durante décadas han conformado un importante bloque de resistencia contra el régimen gringo tradicional tanto en su faceta interna de discriminación y explotación capitalista como en sus desmanes imperialistas y crímenes de guerra en el ámbito exterior. De ningún modo ha sido la candidatura del señor Obama una expresión de las masas populares que luchan por sus derechos violados ante la indiferencia de los dos partidos del régimen (Demócrata y Republicano), que más que funcionar como verdaderas organizaciones políticas, son más bien megaconsorcios de la burguesía para la fabricación de "presidentes" y marionetas.
En este infame modelo constitucional yanqui donde se proscribe la elección libre, universal y directa, rige un esquema antidemocrático de elecciones de "segundo grado" mediante el cual el pueblo no elige al presidente, sino que designa a "delegados" para que éstos lo elijan en el marco de un dudoso sistema denominado "colegios electorales" que a su vez están controlados por las dos corporaciones ya señaladas. La realidad revela que cada cuatro años la Elite Yanqui necesita refrescarse ante la gente por la comisión de tantas monstruosidades, que para ello se organiza administrativamente en dos compañías (partidos) y crean un producto (candidato) que garantice la vigencia de sus intereses grupales pero que a la vez reúna cualidades suficientes para apaciguar y simpatizar al mercado (pueblo). Es evidente que tras 8 años con Bush el balance general es nefasto: Quiebra nacional de los bancos, alarmante crisis económica y aislamiento internacional. Aunque no sucedan cambios importantes en EEUU, si de infundir la calma se trata: El Imperio necesitaba inventar a Obama.

Garantía de unidad política revolucionaria.
Una victoria de las fuerzas políticas leales al proceso revolucionario encabezado por el comandante Chávez en este venidero evento electoral del 23 de noviembre impulsará el avance del pueblo venezolano hacia el Estado democrático y social de Derecho y de Justicia así como el desarrollo de un modelo político garantista de los derechos humanos y sociales donde existan cada vez menos seres explotados y excluidos. Sin embargo, no es menos cierto que un sereno ejercicio de análisis sobre un improbable escenario de derrota electoral contra los bolivarianos nos permitiría esbozar las principales consecuencias de semejante desdicha política. Por lo tanto, bien vale la pena pasearnos por este ámbito, en el entendido que nuestro propósito es precisamente contribuir a la profundización de la conciencia ideológica popular respecto a la defensa de sus intereses y conquistas de clase.
Si los partidos de la nefasta burguesía venezolana se apoderasen de un importante número de gobernaciones y alcaldías, la oposición gozaría de condiciones favorables para el renacimiento de su vocación fascista, tal como sucediera en aquel infausto año 2002. Con toda certeza, utilizarían los espacios regionales de gobierno como plataforma político financiera para el relanzamiento de sus campañas de agresión y sabotaje sistemático contra los programas del ejecutivo nacional. Se convertiría el año 2009, en un período de grave retroceso para el movimiento revolucionario y en la fase de recomposición de fuerzas pro imperialistas, antipopulares y subversivas organizadas para delinquir contra la institucionalidad democrática. A su vez, esa negativa alteración del mapa político motivada por la pérdida de espacios anteriormente conquistados por el chavismo, comprometería seriamente la posibilidad de presentar con éxito al país una propuesta de enmienda constitucional que conceda la opción de reelección presidencial sin más restricciones, pues a todas luces, la preservación del liderazgo histórico de Chávez constituye un elemento fundamental para la supervivencia de nuestra joven Revolución Bolivariana.
Seguramente habrá "pensadores democratistas" que invocarán con ligereza el principio burgués de la alternabilidad democrática para así justificar que es necesario ir buscando un sucesor a Chávez una vez que haya concluido su período gubernamental. Dicen algunos que ello fortalecería las bases orgánicas de una vanguardia revolucionaria basada en la "dirección colectiva". No obstante, parecieran no visualizar con suficiente claridad que no debemos crearnos dogmas sobre la alternabilidad o cualquier otro principio cuando una revolución es asediada por feroces enemigos externos e internos y se encuentra ante la necesidad prioritaria de defenderse y preservarse. Desconocer estas consideraciones sería favorecer el triunfo de la derecha antisocialista, tanto en el terreno electoral como en cualquier otro. Ciertamente el liderazgo histórico del presidente ha sido por más de una década como hasta hoy: Garantía de unidad política revolucionaria.
